Una mujer, muchas vidas, infinitas formas de ser. Y ninguna capaz de contener todo lo que soy. Hay muchas formas de definirme. Podría empezar por mi profesión, por mi historia, por mi familia, por los caminos que he recorrido o por las personas a las que he acompañado. Podría hablarte de la música, de la voz, de la sanación, de la espiritualidad o de la naturaleza. Podría contarte todo lo que he aprendido, todo lo que he construido y todo lo que todavía sueño con crear. Pero hoy quiero empezar por otro lugar. Quiero empezar por mi parte más vulnerable. Por esa parte de mí que no siempre se muestra, que no necesita tener todas las respuestas y que, a veces, simplemente necesita ser abrazada. Soy una mujer divorciada que perdió su voz en uno de los procesos más dolorosos de su vida. Y cuando digo que perdí mi voz, no hablo únicamente de un instrumento musical. Hablo de algo mucho más profundo. Porque mi voz era mi profesión, mi manera de comunicarme con el mundo, mi forma de enseñar, de crear, de acompañar y de expresar aquello que muchas veces no encontraba palabras para nombrar. Soy cantante, profesora de canto, maestra de música y musicoterapeuta. Mi vida profesional ha estado vinculada a la voz, al sonido y a la música durante muchos años. Mi voz no era solamente aquello que hacía: era también una parte muy importante de quien creía ser. Por eso, atravesar aquel proceso y sentir que mi voz desaparecía fue tan doloroso. ¿Cómo podía acompañar a otras personas a encontrar su voz cuando yo sentía que había perdido la mía? ¿Cómo podía enseñar a cantar cuando cantar, que tantas veces había sido mi refugio, se había convertido en un lugar de dolor? ¿Cómo podía seguir siendo quien había sido hasta entonces si una parte tan importante de mi identidad parecía haberse desvanecido? Durante mucho tiempo, estas preguntas formaron parte de mi camino. Y aunque no siempre tuve respuestas, la vida me estaba invitando a mirar mucho más adentro de lo que jamás había imaginado.