Había una vez un águila que, cuando era pequeña, cayó de su nido.
Un campesino la encontró en el suelo, herida y sola, y decidió llevarla a su casa.
Allí la puso en el gallinero.
El águila creció rodeada de gallinas.
Aprendió a picotear el suelo, a caminar torpemente, a batir las alas solo para dar pequeños saltos.
Comía como gallina.
Dormía como gallina.
Vivía como gallina.
Y llegó a creer que eso era lo que era.
Un día, un hombre sabio pasó por la granja y vio al ave.
—Eso no es una gallina —dijo—.
—Claro que lo es —respondió el campesino—. Mira cómo vive.
El sabio tomó al ave, la alzó y le dijo:
—Tú eres un águila. Has nacido para volar.
El águila miró al suelo, vio a las gallinas y regresó al gallinero.
No sabía volar.
No se reconocía.
El sabio volvió varios días.
La llevó a un techo.
Luego a una montaña.
Hasta que un día, al amanecer, la sostuvo frente al sol y le dijo:
—Mira quién eres.
El águila alzó la mirada.
Sintió algo despertar dentro de ella.
Sus alas se abrieron solas.
Y voló.
Nunca había dejado de ser águila.
Solo había olvidado quién era.
Reflexión
No eres lo que aprendiste a ser.
Eres lo que olvidaste que eres.
La Universidad del Ser 🌿