Nos llaman boomers, pero fuimos mucho más que una etiqueta. Fuimos la generación que rompió moldes, que abrió la puerta a la libertad y cambió la vergüenza por dignidad. La generación que dejó de lapidar a las madres solteras, que se atrevió a vivir con su pareja sin casarse, que convirtió la rebeldía en diálogo y el silencio en palabra. Nos crecimos sin móviles, sin redes, sin postureo. Nos bastaba la mirada para conectar y una charla larga para arreglar el mundo. Y sin embargo, fuimos los primeros en hablar de emociones, de autoestima, de propósito. Los primeros en traer a España palabras como PNL, coaching, mindset, neuroplasticidad. Los que escuchábamos a Tony Robbins en cintas de casete y vibrábamos con Mario Alonso Puig cuando aún no se viralizaban frases en Instagram. Fuimos pioneros del alma antes de que el alma se pusiera de moda. Y lo hicimos con pasión. Muchos dejamos matrimonios, trabajos estables, patrimonios enteros… Pagamos caro la libertad. Pero lo hicimos porque sabíamos que vivir dormidos era morir en vida. Hoy miro alrededor y me cuesta reconocer el mundo que ayudamos a crear. Veo una juventud perdida en su burbuja emocional, narcisista y frágil. Una generación que confunde sensibilidad con victimismo, libertad con capricho, autenticidad con exhibicionismo. Veo referentes huecos, músculos inflados y egos vacíos. Veo “liberación femenina” mal entendida, convertida en espectáculo, y hombres asustados por miedo a ofender. Veo adultos que no saben sostener una frustración sin hacer una story. Y me da rabia. Rabia de esa que no viene del juicio, sino de la tristeza. Porque nuestra generación, la de la transición, aprendió que la libertad sin valores se convierte en vacío. Y eso es lo que hoy está pasando: la libertad sin propósito se ha transformado en ruido. Nosotros luchamos por el respeto al individuo, pero ahora el individualismo se ha vuelto extremo. Cada uno grita por sus derechos, pero pocos recuerdan sus responsabilidades. Y los niños caprichosos que hoy piden sin dar son los hijos —y los nietos— de quienes, con la mejor intención, criamos sin límites para que no sufrieran lo que nosotros sufrimos.