Ed. GIAR abrió los ojos antes de que sonara la alarma.
No por disciplina, sino por anticipación. Su mente ya iba tarde.
Sin incorporarse aún, colocó la muñeca izquierda sobre la parte posterior del reloj que había dejado sobre el buró de madera. Con la mano derecha tomó el extensible y lo cerró. Lo ajustó un punto más. Luego lo aflojó medio milímetro. Volteó la muñeca para confirmar la hora. La volvió a confirmar.
Se sentó al borde de la cama, pero no apoyó los pies todavía.
Primero alineó el talón derecho con el borde del colchón. Después el izquierdo. Corrigió el ángulo. Tomó un calcetín, lo estiró, revisó que no hubiera costuras torcidas. Se lo puso. Repitió el proceso con el otro. Movió ambos pies hasta que quedaron paralelos. Deslizó lentamente los zapatos hacia adelante, cuidando que las puntas quedaran a la misma distancia. Se los puso. Ajustó las agujetas con simetría.
Se levantó.
Enderezó la camiseta tirando hacia abajo por ambos costados. Revisó el cuello frente al espejo, lo acomodó, retrocedió un paso, volvió a mirarlo. Se colocó el pantalón, cerró el botón, bajó el cierre, volvió a subirlo para confirmar. Metió la mano en cada bolsa para asegurarse de que no hubiera nada olvidado… o de que no faltara nada previsto.
Caminó hacia el baño.
Se lavó las manos antes de lavarse la cara. Se lavó la cara, pero volvió a lavarse las manos porque el agua había salpicado. Se secó con la toalla correcta, no la otra. Acomodó la toalla exactamente como estaba antes.
Regresó al cuarto.
Tomó la chamarra. La dejó sobre la cama. La volvió a tomar. Se la puso, se la quitó, revisó el bolsillo interior. Se la volvió a poner, cerró el cierre hasta arriba, lo bajó un poco para respirar mejor. Tomó el celular, lo desbloqueó, revisó la hora otra vez.
Solo entonces llegó a la puerta.
Giró la perilla.
Cerró.
Metió la llave.
La giró.
Y se detuvo.
Porque detrás de esa puerta había otra.
Y detrás de esa, otra más.
Y cada una requería una llave distinta, un gesto distinto, una confirmación distinta.
Ed. GIAR abrió una.
Luego otra.
Luego otra.
Puertas dentro de puertas.
Acciones dentro de acciones.
En ese momento, algo se volvió evidente: no estaba saliendo de su departamento. Estaba recorriendo una estructura que él mismo había construido con obsesión quirúrgica. Cada microacción había sido una forma de sentirse seguro. Cada puerta, una capa más de control.
Había creído que avanzar era dominar cada variable. Que liderar su día consistía en no dejar nada al azar. Que el orden absoluto era sinónimo de progreso. Pero nada es más ineficiente que hacer eficientemente eso que no necesitas.
Y sin darse cuenta, había convertido su vida en una celda perfectamente organizada.
Frente a la última puerta, la llave correcta estaba ahí. La reconocía por el peso, por la muesca irregular, por el sonido metálico específico al separarla del resto del llavero.
Podía abrirla.
Sabía cómo.
Pero no lo hizo.
No fue miedo.
Fue cansancio.
Por primera vez, Ed. GIAR no pensó en el siguiente paso, ni en el que vendría después. Pensó en todo lo que había hecho para llegar ahí. En la cantidad absurda de microcontroles. En cuántas veces había confundido precisión con vida.
Ahí entendió la trampa.
Controlar no lo estaba llevando afuera.
Lo estaba manteniendo adentro.
Bajó la mano.
No buscó otra llave.
Empujó.
La puerta cedió.
No porque estuviera mal cerrada, sino porque no todo necesita ser controlado para abrirse. Algunas cosas solo requieren presencia. Otras, confianza. Otras, colaboración con lo que está del otro lado.
El aire exterior entró de golpe. No era caótico. Era amplio. Incierto, sí, pero vivo. Afuera no había checklist, pero había espacio. No había garantías, pero sí oportunidades.
Ed. GIAR dio un paso fuera.
No sabía exactamente qué venía después. Y por primera vez, eso no lo paralizó. Comprendió que avanzar no siempre es dirigir cada movimiento, sino participar del ritmo. Escuchar. Ajustar. Responder.
Fluir no era perder control.
Era dejar de ejercerlo donde ya estorbaba.
Detrás de él, las puertas seguían ahí.
No desaparecieron.
Simplemente dejaron de ser necesarias.
Ed. GIAR caminó hacia adelante, no con certeza absoluta, pero con algo mejor: confianza suficiente.
Y el mundo, al fin, comenzó a moverse con él.