Siempre que la vida prepara un gran cambio, parece que manda un viento a sacudir los cimientos y hacernos creer que nada ha servido. Hoy mi cuerpo estaba encerrado en una pequeña tormenta de fiebre y malestar, pero mientras escuchaba la oración de Samantabhadra sentí que algo abría una ventana dentro de mí. Me dormí entre sus palabras y, al despertar, parecía que la tormenta ya había seguido su camino. Qué misteriosas son algunas manos de Dios cuando deciden acariciarnos el alma.