Ayer celebrábamos los veinte años de Sarita, mi primita segunda, aunque Dios decidió dejarle para siempre el cuerpo pequeño de una niña y el alma intacta de un bebé. Hay seres que no envejecen porque nacieron para recordarnos la pureza que el mundo olvida.
Fuimos al sur y, como si el universo quisiera escribir una metáfora luminosa, coincidimos con el Gay Pride. Y mientras las calles se llenaban de música, colores y cuerpos danzando bajo el sol, me di cuenta de algo hermoso: mi nueva identidad ya no necesitaba perderse para sentirse libre. Ya no había vacío que llenar con alcohol, ni tristeza disfrazada de fiesta. Esta vez bailé despierta. Bailé presente. Bailé en paz.
Y Sarita… Sarita se convirtió en la reina absoluta de aquella celebración. Caminaba detrás de las carrozas moviendo su abanico como una princesa antigua enviada por Dios para bendecir la alegría. Todo el mundo se detenía al verla. Le regalaban flores, abanicos, besos en las manos, sonrisas sinceras. Y ella lo recibía todo con esa inocencia que desarma cualquier defensa humana. Era imposible mirarla y no recordar que el amor existe.
Pero el verdadero milagro llegó al volver. Entre la música lejana y las calles todavía agitadas, vimos a un muchacho tirado en el suelo. La gente pasaba a su lado como si fuera invisible. Algunos incluso lo esquivaban sin mirarlo. Y entonces Raquel, mi amiga, que es enfermera y tiene el corazón entrenado para salvar vidas, se arrodilló junto a él. Le dio agua, comida, cuidado, dignidad.
Mientras observaba aquella escena entendí algo profundamente sagrado: Dios no está solamente en los templos, ni en los discursos espirituales, ni en las frases bonitas. Dios estaba allí, arrodillado en el suelo, sosteniendo a un desconocido a través de las manos de mi amiga.
Y lo más hermoso fue ver a Sarita acercarse despacito al muchacho, sentarse a su lado y empezar a abanicarlo con preocupación, como si su alma supiera exactamente qué hacer. Me miraba con esos ojos llenos de ternura infinita, y en ese instante comprendí que las personas más “inocentes” suelen ser las más despiertas.
Gracias Dios, porque hoy puedo mirar a las personas sin juicio y reconocer tu presencia en cada rostro. Gracias porque me rodeas de gente bella. Gracias porque ya no necesito escapar de mí para sentir amor. Ahora sé que el verdadero despertar no consiste en dejar de ver oscuridad… sino en aprender a encontrar luz que habita en todos nosotros.