Durante años nos han repetido que si acompañamos demasiado, los niños se vuelven dependientes.
Pero la experiencia y la evidencia nos muestran justo lo contrario.
Un niño que se siente acompañado, escuchado y respetado no se queda ahí. Carga seguridad.
Y con esa seguridad, se atreve.
La autonomía no aparece por exigencia ni por presión.
Aparece cuando el cuerpo y la emoción están listos.
Cuando no hay miedo a fallar ni a quedarse solo con lo que siente.
Acompañar no es hacer por ellos.
Es estar disponibles mientras aprenden a hacerlo.
Y ahora dime tú, con sinceridad:
¿alguna vez te dijeron que acompañar demasiado era un error?