Hice mi investigación de mercado buscando un dolor específico: gente con mascotas con problemas de ansiedad. Pero los productos que iba encontrando no eran para eso — servían más para otras cosas, como dolor de articulaciones. Ahí estaba la primera señal de alarma: el ángulo que yo quería no tenía un producto que lo respaldara. ¿Qué hice? Insistí igual. Me empeñé en meterme por el ángulo de la ansiedad aunque nada lo sostuviera. Y encima, cuando mandé a fabricar, el proveedor no hizo el producto que le especifiqué — me entregó uno que él ya tenía en catálogo. Con mil cosas encima ese mes, no me di cuenta. Ni siquiera tenía clara la ficha técnica de lo que estaba vendiendo. Resultado: terminé vendiéndole a un montón de avatares distintos, con un producto que ni era el mío ni estaba hecho para eso que yo decía, sin evidencia, sin testimonios, sin base real que respaldara lo que prometía. Cuando ya llevaba varias semanas vendiendo me entró la duda y me puse a investigar sobre el producto y descubruí que estaba construyendo una marca —reputación, voz a voz, identidad— encima de algo que no cumplía. La lección que me llevo: el error no fue solo no revisar. Fue insistir en un ángulo que el producto no respaldaba, ignorando la señal que estaba desde el día uno. Ahora, si la investigación y el producto no apuntan al mismo lado, paro. Primero el piso —producto verificado que de verdad resuelve el dolor—, y solo encima de eso, la marca.