Hoy quiero hablarte del ego espiritual.
Sí, de ese ego que ya no grita… pero susurra.
De ese que no se conforma con tener razón… ahora quiere tener consciencia.
De ese que no se defiende con ataques… ahora se defiende con luz.
Durante años creí que avanzar en el camino del desarrollo personal me estaba liberando.
Libros. Talleres. Técnicas. Mantras. Retiros. Todo eso me hacía sentir "mejor".
Y sin embargo, seguía defendiéndome. Seguía controlando. Seguía queriendo que el mundo girara según mi nivel de “despertar”.
Lo peor es que, cuanto más “espiritual” me volvía, más difícil era ver esta trampa. Porque ya no estaba identificada con lo mundano, sino con lo elevado, con lo “sabio”.
Orgullosa de mi sombra integrada.
Pegada a una identidad que dice: “yo ya no soy eso”.
Pero un día lo vi claro:
Mi ego se había puesto túnica blanca.
Y lo peor no era eso.
Lo peor es que me había convencido de que ya lo había trascendido.
Porque el ego no desaparece en el camino espiritual… solo se vuelve más elegante, más sofisticado. más “consciente”. Y por eso mismo, más difícil de ver.
Sigue juzgando, pero ahora lo hace desde el rol de observador.
Sigue comparando, pero ahora con “sabiduría”.
Sigue queriendo tener razón, solo que ahora se disfraza de “verdad”.
Ese ego espiritual es el más peligroso.
No porque sea malo…
Sino porque nos aleja de la humildad mientras creemos que estamos más cerca de la luz.
Hoy te dejo 3 claves para no perderte en esta trampa del ego espiritual:
- Cuestiona tu necesidad de tener razón, incluso cuando parece “evolucionada”.
- Observa lo que te molesta de los “no conscientes”.
- No acumules herramientas como medallas.
La verdadera espiritualidad no se trata de saber más, ni de sacrificar o tener menos, sino de soltar más.
Hoy te invito a quedarte con esta pregunta:
👉 ¿Cuándo fue la última vez que tu ego presumió de “eso ya lo tengo trabajado”?
Y si te resuena, respóndeme.
Me encantará leerte.