Mira.
Estos primeros días puede que te notes raro.
O puede que no.
Pero si pasa, que no te pille con cara de: “¿pero qué coño me está pasando?”
Si hasta ayer estabas comiendo cosas tipo pan, galletas, barritas, cereales, harinas, azúcar, mierdas “light” que vienen en cajas con arcoíris y letras grandes…
Y de repente con este plan has dejado todo eso de golpe…
Pues lo lógico es que el cuerpo se quede un poco loco.
No es que le falte comida.
Comida buena le estás dando.
Lo que le falta es el chute diario de azúcar y harina con el que llevaba años en piloto automático.
Y ahora, de repente, el cuerpo se queda como diciendo:
“¿Perdona?
¿Dónde están mis galletitas del desayuno?
¿Mi panecillo con cosas?
¿Mi barrita de mentira?”
¿Y qué puede pasar los primeros de 3 a 5 días?
(Si te pasa algo de esto, tranquil@. Tiene sentido.
Y si no te pasa nada… mejor. Pero por si acaso, que lo sepas.)
- Te puedes sentir como si te hubieras peleado con una lavadora industrial mientras dormías.
- Dolorcillo de cabeza que no te mata, pero molesta como un ventilador que hace “clac, clac, clac” toda la noche.
- Hambre que no es hambre. Es más como la típica visita a la nevera “a ver si hay algo que me salte encima”.
- Energía en modo linterna con pilas gastadas.
- Todo molesta. Hasta el aire te cae mal.
Ya que el cerebro... ahí va. Modo Windows 98 cargando lento.
No es que estés haciendo algo mal.
Ni que el plan no funcione.
Ni que tu cuerpo se esté desmontando.
Lo que está pasando es que el cuerpo se está recolocando.
Antes tiraba de azúcar como un niño hiperactivo en una fiesta de cumpleaños.
Ahora le estás enseñando a tirar de comida real.
Y claro, protesta. Se mosquea. Hace pucheritos.
Pero no te preocupes.
Esto no es eterno.
¿Cuánto puede durar?
Unos días.
3. 5. Una semana como mucho.
Y no es todo el día fatal, eh.
Van y vienen sensaciones.
Como cuando se va la luz y vuelve parpadeando.
¿Y qué pasa cuando pasa?
Aquí viene la parte buena.
La que hace que digas: “Hostia… ahora sí.”
- Tienes energía real. De la que dura todo el día.
- Comes, te quedas a gusto, y no estás como una gaviota rondando la despensa.
- Se callan los antojos. Literal.
- La cabeza va más rápida, más ligera, como si le hubieras limpiado las cookies.
- Y sientes que tú mandas. No el hambre, no el bajón, tú.
¿Qué haces mientras tanto?
- Come lo que toca. Aunque no te apetezca. Esto no va de caprichos.
- Bebe agua. Mucha. Aunque no tengas sed. Como si vinieras de correr por el desierto.
- Echa sal. Sin miedo. No estamos en Operación Bikini.
- Duerme. No es opcional. Si no descansas, el cuerpo va a su bola.
Y ya.
No hay más misterio.
Esto no es magia.
Ni un ritual chamánico.
Es tu cuerpo haciendo limpieza.
Y si notas cosas raras, no es que te estés deshaciendo por dentro.
Es que estás cambiando de marcha.
Como cuando te bajas de un coche viejo, te subes a uno bueno… y al principio no sabes ni dónde está el freno.
Pero al tercer día ya no quieres volver ni aunque te paguen.
Así que eso.
Puede que te pase.
Puede que no.
Pero si pasa: es normal, y pasará.
Y cuando pase… vas a flipar.
Abrazo,
Pablo