Esto es algo digno de estudio.
Tres días durmiendo poco…
y ya vas por la vida con cara de pasajero de The Walking Dead buscando café como si fuera gasolina de avión.
Tres días comiendo a lo loco…
y el pantalón empieza a apretarte
como si estuviera intentando estrangularte por la cintura.
Tres días sin moverte…y el cuerpo se vuelve más vago que un gato al sol en agosto.
Ahora haz la prueba contraria.
Duermes bien tres días.
Comes ordenado tres días.
Entrenas tres días.
Y tu cuerpo está como mirando con desconfianza:
“Sí… sí… muy bonito…pero tú antes también empezabas fuerte y el jueves ya estabas abrazado a una pizza como si no hubiera mañana.”
Es curioso.
Los hábitos malos entran en tu vida a patadas, como cuñado borracho en Nochevieja.
Los buenos en cambio llaman al timbre,esperan,vuelven a llamar,
y hasta que no ven constancia durante semanas…no se instalan.
El cuerpo es así.
Para desordenarse tarda un suspiro.
Para volver a su sitio necesita repetición, paciencia y menos volantazos.
Por eso no hace falta hacerlo perfecto.
Hace falta algo mucho más simple,
No abrirle la puerta al caos cada dos por tres como si fuera un festival gastronómico patrocinado por la excusa.
Abrazo,
Pablo