Vamos a empezar por algo muy simple, muy de barrio.
Beber cosas no es comer.
Es beber cosas.
Pero claro, entras a Instagram y lo que ves es una secta de zumos con abdominales.
Gente desayunando en tarros con más toppings que un kebab deluxe.
Todo verde, viscoso y con nombres que suenan a marca de coche eléctrico.
Y tú, con tu desayuno sudando mantequilla,
empiezas a sentirte como si te estuvieras desayunando el Apocalipsis.
Lo piensas.
“¿Y si empiezo con esto?”
“¿Y si me estoy matando poco a poco ?”
“¿Y si esta mierda es lo que me falta para tener energía y ser feliz como la de la foto?”
Spoiler: Esto no así.
Estás tragándote mentiras con sabor a polvo de césped.
Comer no es tragar algo mientras miras el móvil
Es tenedor.
Es hacer ruido al masticar como si fueras un cavernícola en celo.
Cuando comes bien, tu cuerpo lo pilla al segundo.
Se relaja.
Se pone el pijama mental.
Dice: “ok, hoy no morimos”.
Pero con el batido… no.
Con el batido es como si tu estómago dijera:
“¿Esto era?
¿Me estás vacilando?”
Dos tragos, mirada perdida, y un alma vacía.
Como cuando te compras un mueble del IKEA y te crees que faltan piezas.
Pues eso.
Tu cuerpo se queda esperando.
Como tú cuando sales con hambre y ves una panadería.
El olor te agarra del cuello.
Que hasta las puertas de la farmacia huelen a pan.
Y todo lo que no sea masticar suena a castigo divino.
No es ansiedad.
Es hambre camuflada de “estoy bien”.
Es tu cuerpo en huelga.
Bajas peso, claro… como cuando pillas una diarrea.
Pierdes peso, sí.
Y también las ganas de vivir.
Te quedas flojo, sin músculo, sin gracia.
Como un globo deshinchado en la puerta de un colegio.
El cuerpo entra en modo:
“Este humano esta zumbado .Guarda todo. No le demos energía ni pa’ rascarse los huevos.”
Y ahí te ves tú, arrastrándote por el día,mirando con rencor a la gente que mastica.
Un batido llena como un trago de agua después de correr una maratón.
Es postureo digestivo.
Vas a la cocina en bucle.
Abres. Cierras.Abres. Miras.Cierras. Piensas.Abres otra vez por si ahora hay un milagro.
Y todo para acabar comiéndote media loncha de queso y un puñado de cereales como si fueran droga.
No es falta de fuerza.
Es que te han vendido la moto sin ruedas.
Y encima no aprendes nada
No sabes comer.
Solo sabes aguantar como si fuera una penitencia.
Y cuando vuelves a comer normal, te lanzas como un oso que ha salido de la cueva.
Ni hambre tienes, ya es venganza.
Es desquite.
Es rabia.
Es buffet emocional.
Y el cuerpo apunta:
“Este loco no sabe si quiere vivir o castigarme.
Mejor guardamos todo y nos preparamos
para el siguiente desastre.”
¿Sirven para para algo la dietas líquidas?
Sí.
Si estás ingresado.
O si te lo receta un médico con cara seria.
Para todo lo demás:es como poner cinta adhesiva en un Titanic.
Por eso aquí se habla de comida real
Porque funciona.
No por nostalgia, sino por supervivencia mental.
Comida de la que se mastica.
De la que huele desde el pasillo.
De la que te hace decir:“Vale, ya puedo vivir sin matar a nadie hoy.”
Conclusión rápida
Si una dieta:
– No encaja
– No enseña
– Y solo funciona mientras la sufres…
No es estrategia.
Es tortura con pajita.
Y tú la pagas como si fuera un privilegio.
Menos mierdas verdes con nombres de unicornio.
Más comida caliente
Más cabeza.
Y más risa, joder.
Que esto va de comer, no de castigar al cuerpo como si te debiera dinero.