Despedir nunca es mi primera opción. Cuando alguien de mi equipo comete un error, primero intento entender qué ha pasado. Hablamos, corregimos, formamos y volvemos a enseñar si hace falta. Porque equivocarse forma parte de aprender. Pero este caso era diferente. No era una persona nueva. Habíamos hablado y trabajado muchas veces sobre errores anteriores. Sabía lo que estaba haciendo y conocía la gravedad de la situación. Esta vez una clienta con una alergia grave al amoníaco estuvo a punto de recibir un producto que contenía amoníaco. Por suerte lo vi antes. Y ahí tuve que hacerme una pregunta mucho más difícil: ¿Puedo volver a dejar a esta persona trabajando con mis clientes cuando yo no esté? Mi respuesta fue no. No por un único error. Sino porque después de muchas oportunidades, formación y correcciones, había perdido algo imprescindible: la confianza. Por eso decidí terminar la relación laboral. Y esto es probablemente una de las decisiones más difíciles cuando diriges un equipo: Saber distinguir entre alguien que todavía necesita aprender y alguien cuya actitud ya está poniendo en riesgo tu negocio, tus clientes y al resto del equipo. ¿Dónde está tu límite? ¿Cuántas oportunidades darías tú antes de decir: hasta aquí?