Hay momentos en los que uno siente que algo está naciendo, pero todavía no sabe cómo llamarlo. Y creo que eso es exactamente lo que me ha pasado durante todo este tiempo. He cambiado nombres, enfoques, formas de explicarlo, maneras de ordenar lo que quería construir… y durante momentos incluso podía parecer que estaba dando demasiadas vueltas. Pero hoy entiendo que no estaba cambiando por cambiar. Estaba afinando. A veces, para llegar a un lugar verdadero, uno tiene que atravesar varias versiones antes de encontrar la que realmente encaja. Y creo que esto también pasa en la vida. Probamos caminos. Sostenemos identidades. Creamos proyectos. Tomamos decisiones que durante un tiempo tienen sentido… hasta que dejan de representarnos del todo. Y entonces aparece una incomodidad que nos obliga a volver a mirar. No siempre cambiar significa haberse equivocado. A veces cambiar significa que estás siendo lo suficientemente honesto como para no quedarte atrapado en algo que ya no expresa quién eres ni aquello que has venido a construir. Después de todo este recorrido, por fin siento que hemos llegado al nombre, al concepto y al lugar que representa de verdad todo lo que llevamos años trabajando. Nace la ESCUELA DE CONCIENCIA ATENEA. Y digo “nace” aunque detrás haya muchos años de camino, porque hay momentos en los que algo que llevaba muchísimo tiempo gestándose por dentro finalmente encuentra su forma fuera. ATENEA nace desde el corazón, pero también desde la verdad. Como una escuela iniciática de conciencia donde poder comprender el funcionamiento humano desde diferentes mapas, recuperar enseñanzas que llevan siglos hablándonos de nosotros mismos y, sobre todo, llevar todo ese conocimiento a la vida. No quiero que sea simplemente un nuevo nombre. Quiero que sea un nuevo punto de partida. Un lugar donde unir lo ancestral, lo iniciático, la comprensión de la psique, el cuerpo, la neurociencia y la conciencia para ayudarnos a comprender algo que para mí cada vez es más evidente: