Hubo un tiempo en el que hacía cine. De ese que se ve en Netflix y en las salas. Del que huele a café de noche, madrugones infinitos para grabar amaneceres y equipos nuevos como nuevas familias cada pocos meses. Viajaba, rodaba, miraba el mundo de cerca haciendo documentales.Y aún así, algo no terminaba de encajar porque mientras contaba historias ajenas, la mía se quedaba fuera. Porque no era la dueña de mi tiempo y a veces tampoco la de mi voz. Y, la verdad, yo no he nacido para eso. Soy Laura. Y durante años fui una señora expresiva, pero bastante educada, dentro de un sistema que me exigía esfuerzo, entrega, talento… pero no me ofrecía ni constancia ni libertad financiera o de tiempo. Hasta que un día, con un confinamiento de fondo, me quedé embarazada y cambié de rumbo. Ahí empezó todo. Cambiando Madrid por un pueblo de 200 habitantes. Tras una primera crianza, con más gatos que amigos en el parque, decidimos que nos habíamos pasado de frenada y nos mudamos a Huesca, desde donde empiezo de nuevo. Sin una empresa. Sin plan estratégico. Sin Excel con objetivos trimestrales. Solo me senté. Abrí una botella de vino.Y nació La Señora Rosebud. Una señora que no corre. Que observa. Que piensa. Y que cuando habla… deja poso. O lo intenta, porque estoy cansada del ruido, de las fórmulas, de más emojis que palabras, de la comunicación que grita pero no cuenta nada. No quiero vender humo, ni rellenar huecos con plantillas, ni convertir a la gente en producto. Porque yo miro. Escucho. Y cuento cómo lo vivo. Con una cámara, con palabras o con silencios cuando haga falta. Porque soy fotógrafa y guionista y porque quiero contar mis propias historias -estoy escribiendo mi primer guion de ficción- mientras genero ingresos catapultando desde casa las historias de otros. Con preferencia en otras. Llegué a esta comunidad para aprender, porque cruzarme un par de sesiones con Gracia no sólo me devolvió la fe en la buena gente del marketing y la comunicación, sino que me abrió un mundo de ideas.