Pienso en el hondo misterio del Nazareno, en el martirio abierto de su nombre; en las caídas, en la sangre expuesta en el madero, en Dios muriendo dentro de un hombre. El mundo eligió mirar hacia otro lado, salvo Magdalena, María, Juan y su madre. No había apóstoles ni ángeles: Jesús estaba solo, rodeado de ladrones, soldados y cobardes. Qué suplicio tuvo que ser, Señor. Cómo soportaste el peso del mundo sobre tus hombros de carne. Pobre del Cristo, inocente, desnudo de rencor, ajeno al rito sangriento de los hombres. Nadie te dijo, Señor, que matarían en tu nombre. Nadie te dijo que el hombre –y sus dioses– exigen sangre, que se nutren de dolor para sostenerse; mas tú no alzaste templos con la muerte: sino que en ella misma quisiste ofrecerte. No reclamaste víctimas al cielo, ni hiciste del temor ley divina; al contrario, tomaste sobre ti la herida humana y en tus llagas abriste redención y vida. Quién entiende a este Dios que no condena, que no quiere venganzas ni castigos; sino que entrega su cuerpo y su sangre para el perdón de sus enemigos. Y mientras más contemplo su agonía, más entiendo lo poco que comprendo: no es Dios quien se aparta del hombre; es el hombre quien huye de la vida.