El niño, niño, salió de su casa y comenzó a caminar sin rumbo, era una calle sin salida no tan larga y finalizaba en unos matorrales. El niño, niño, sintió curiosidad por lo que había detrás de esos matorrales, se apresuró al sitio y los cruzó, se encontró con una pequeña pradera y una loma, cruzó la pradera, subió la loma y se sorprendió de aquella majestuosa imagen; una llanura inmensa que parecía no tener fin. Al cabo de un rato sintió una presencia a su lado, al voltear se encontró con que era un león, inmediatamente se quedó paralizado, sin aliento, el león era grande, se veía fuerte, a pesar de su pelaje que parecía muy entrado en años. El león acercó su nariz y lo olfateó, miró al niño, niño, a los ojos y luego le acarició la pierna como diciendo, «tranquilo, no pasa nada»; luego con un gesto le indicó al niño, niño, que lo siguiera, y así comenzaron juntos a adentrarse en la pradera. Caminaron juntos un largo rato, el león le indicaba al niño, niño, que mirara hacia donde él apuntaba, y así le mostraba los monos en los árboles, aves que el niño, niño, nunca se había imaginado que existieran, insectos grandes y extraños. El niño, niño, visualizó un río a lo lejos y comenzó a correr hacia él, pues ya estaba cansado y tenía mucha sed. El león al darse cuenta, corrió tras el niño, niño, lo alcanzó y le rugió muy fuerte, un rugido que, al niño, niño, le tembló todo el cuerpo, el león le quedó mirando a los ojos, a lo que el niño, niño, interpretó que ya no debía seguir por ahí y que debía permanecer a lado del león. El león guio al niño, niño, hasta una gran roca, y le indicó un hueco que había en ella, era un hueco pequeño, donde solo podía pasar su mano y parte de su brazo, el niño, niño, con miedo, pero sin opción, metió su mano en el hueco, y ¡vaya, que sorpresa!, corría agua dentro de la piedra, era fresca, agradable, el niño, niño, comenzó a tomar de aquella agua saciando su sed, pero, un momento, el león se comporta extraño, su actitud es diferente, los pelos de su lomo se han levantado todos, mira muy raro, como si hubiera alguna presencia que le incomoda, el niño, niño, se asusta, comienza a preocuparse, no sabe que pasa, se oyen ruidos en los matorrales, el león ruge, es un rugido diferente, es muy fuerte, con rabia, como con odio, el niño, niño, se sorprende porque escucha risas de personas entre los matorrales, por un momento se tranquiliza porque pensó que no pasa nada, a lo mejor el león se asustó con el ruido de la gente, comienza a separarse de la gran roca, cuando comienzan aparecer figuras que se parecen a los perros de su casa, pero mas raros, mas feos, con dientes grandes y lo más raro de todo, se reían; comenzaron a aparecer muchos de esos, los rodeaban por todos lados, el niño, niño, estaba demasiado asustado, sentía que no podía respirar y que su corazón no latía, sentía su cuerpo como si le hubieran echado encima un tobo con agua, el león se giró hacia él, le rugió y extrañamente le dijo, «es hora de que despiertes».