Muchas personas creen que la ansiedad, el insomnio o la sensación constante de preocupación aparecen al llegar a la tercera edad. Sin embargo, en muchos casos, estos síntomas llevan años acompañándolas. Hemos normalizado vivir con estrés, prisas y responsabilidades constantes, especialmente las mujeres, que a menudo han dedicado gran parte de su vida a cuidar de los demás antes que de sí mismas. Con el tiempo, el cuerpo se acostumbra a funcionar en estado de alerta y dejamos de percibir que nuestro sistema nervioso está alterado hasta que, al llegar a una etapa más tranquila de la vida, los síntomas se hacen más evidentes. La buena noticia es que nunca es tarde para cuidar y regular el sistema nervioso. Gracias a la capacidad de adaptación de nuestro cuerpo, podemos aprender herramientas que nos ayuden a recuperar calma, mejorar el descanso y aumentar nuestra calidad de vida. La tercera edad no tiene por qué vivirse desde la ansiedad o el agotamiento; también puede ser una oportunidad para escucharnos, cuidarnos y construir una relación más amable con nuestro bienestar.