Había un elefante llamado Mate.
Cuatro toneladas.
Colmillos capaces de atravesar un coche.
Fuerza para arrancar árboles de cuajo.
Pero Mate vivía en un círculo de tres metros.
Una cuerda vieja.
Una estaca de madera.
Siempre el mismo sendero.
Siempre la misma hierba seca.
¿Por qué no rompía la estaca y se iba por ahí a ser libre?
Porque cuando era cría, tiró.
Tiró fuerte.
Con todas sus fuerzas.
Sangró.
Se desesperó.
Pero la estaca no se movió.
Ese día aprendió algo que le marcaría profundamente:
Quedarse quieto duele menos que intentar ser libre.
Pasaron los años.
Mate creció hasta ser un gigante.
Pero su mente se quedó en aquella estaca.
Ya no lo retenía la cuerda.
Lo retenía el recuerdo de cuando no pudo.
Si estás leyendo este email TU ERES MATE.
Y tu estaca no es de madera.
Es una creencia grabada en el sistema nervioso cuando eras un niño.
La creencia de que si muestras quién eres de verdad,
si dices lo que piensas,
si ocupas el espacio que te corresponde...
algo se romperá.
Alguien se irá.
Dejarás de ser querido.
Así que caminas en círculos de tres metros.
Siendo predecible.
Disponible.
Bueno.
Y llamas a eso virtud.
No lo es.
Es el miedo de un niño disfrazado de madurez.
Ese cansancio que arrastras no es por el trabajo.
Es el esfuerzo diario de frenar al hombre que llevas dentro
para no incomodar a nadie.
La estaca que te retiene hoy está podrida.
Y lo que es peor:
NO TE VA A LLEVAR DONDE QUIERES IR.
Si hoy no tensas la cuerda,
si no estás dispuesto a que algunos se incomoden con tu libertad,
vas a morir caminando en el mismo círculo.
Corta la cuerda.
Deja de culpar a tu madre.
A tu ex o a cualquier mujer.
Atrévete a salir a la llanura.
O quédate ahí esperando a que alguien te traiga un poco de agua turbia
mientras ves cómo otros conquistan el horizonte.
Tú decides.