El cliente no sabe exactamente lo que quiere.
Y no pasa nada.
No tiene por qué saber de materiales, procesos o decisiones técnicas.
Pero hay algo que sí tiene muy claro, aunque no siempre sepa expresarlo:
cómo quiere sentirse.
Tranquilo.Seguro.Acompañado.Orgulloso del resultado.
Cuando entiendes eso, dejas de vender productos y empiezas a ofrecer experiencias.
Y ahí es donde cambia todo.