1. La sed de vivir mil vidas
Me gustan las historias porque una sola existencia me queda pequeña. A través de ellas, rompo las barreras del tiempo, del espacio y de mi propia piel. Puedo experimentar el peso de decisiones que nunca tendré que tomar y sentir emociones que no me pertenecen, pero que me transforman. Es mi forma de saquear la experiencia humana: robo un poco de sabiduría de cada relato para construir la mía propia.
2. El placer de descifrar lo complejo
No me atrae lo obvio ni lo superficial. Me gustan las historias que me desafían, aquellas que me obligan a ser una detective de la psicología. Hay un placer casi eléctrico en entender las sombras; me fascina asomarme a los rincones más oscuros de la condición humana para tratar de comprender qué es lo que nos hace ser quienes somos. No busco finales felices, busco verdades crudas, incluso si son incómodas
3. La búsqueda de una lógica en el caos
El mundo real es a menudo aleatorio y carente de sentido, pero en una historia, el caos tiene una arquitectura. Me apasiona ver cómo las causas y las consecuencias se entrelazan con precisión quirúrgica. Esa estructura me da una sensación de control y de orden que la realidad a veces nos niega. En una buena historia, incluso el dolor tiene un propósito y el silencio tiene un significado; eso me resulta profundamente reconfortante.