Si estás en España, espero que el apagón de ayer no te ocasionara mucho trastorno.
Mientras escuchaba la radio desde mi coche aparcado en la puerta de mi casa, con las ventanillas bajadas, disfrutando de la brisa y el sol, me imaginaba las escenas que narraban los periodistas.
Gente atrapada en trenes, en estaciones, en aeropuertos, en atascos, en ascensores…
Gente preocupada por llegar a casa.
Gente sin efectivo para pagar un taxi.
Gente sin cobertura. Sin noticias de lo que estaba pasando. Sin noticias de los suyos.
Gente sin respuestas.
Todo un país paralizado.
Todos queríamos saber qué había pasado.
Queríamos saber cuándo volvería la luz e internet.
Pero sobre todo queríamos saber si los nuestros estaban bien.
Cuando escuché por la radio que ya había vuelto la luz en la zona donde vive mi madre, me fui a dormir tranquila.
El apagón me hizo ver lo fácil que se colapsa una ciudad.
Y me recordé los motivos por los que decidí vivir en un pueblo.
Cuando salí a pasear, contemplé el contraste entre un lugar y otro.
Observaba la gente sentada en las plazas, conversando, confiando en que pronto se solucionara.
Observaba las pequeñas colas con conversaciones distendidas en las pocas tiendas que estaban abiertas.
E imaginaba los atascos de la ciudad, los cruces sin semáforos, los comercios abarrotados, las salas de urgencia colapsadas, los padres rescatando a sus hijos del colegio…
En los ojos de la gente de mi pueblo vi tranquilidad. También incertidumbre claro, pero parecía que no les asustaba la situación.
Vi gente sin preocupaciones, sin prisa, sin alterarse.
Eso es lo que vi durante el apagón.
¿Qué viste tú?