En un mundo donde todo se dice rápido,
la palabra perdió peso
porque dejó de implicar compromiso.
Pero la palabra no es sonido.
Es vínculo.
Cuando dices algo y no lo sostienes,
no solo fallas hacia afuera.
Te fragmentas por dentro.
La coherencia no se construye con grandes gestos,
sino con pequeñas palabras cumplidas.
Hablar menos no te quita fuerza.
Te la devuelve.
Quien cuida su palabra,
se vuelve confiable primero para sí mismo.